
Una tarde de diciembre, mis muchachos y yo navegábamos las encantadoras calles del vecindario, saboreando su transformación. Una singular calle sin salida en una elevación deslumbró nuestros ojos con sus extensos despliegues de luz. Renos mecánicos se erigían al lado de luces azules. Líneas multicolores enmarcaban las entradas de las casas, las calzadas y las ventanas. Decoraciones navideñas llenaban cada patio y la superficie de los techos. A medida que dábamos la vuelta en el gran círculo, nuestra atención fue súbitamente capturada por filas de luminarias que se extendían bajando por la pendiente de la empinada colina y subiendo de nuevo, apareciendo por el otro lado. Las llamas de fuego que parpadeaban en aquellos jarrones plásticos seguían interminablemente, sus destellos alumbrando, transformando radicalmente la oscuridad nocturna. Detuvimos el carro, apagamos las luces delanteras y nos deleitamos en la belleza que se extendía ante nosotros. En ese momento, vi algo que no había visto antes. Vi lo que me atrevería a creer que el cielo ve cada día: oscuridad penetrada por “puras jarras cristalinas” llenas del fuego del Espíritu Santo. “El pueblo que andaba en la oscuridad ha visto una gran luz; sobre los que vivían en la tierra de sombra de muerte, una luz ha resplandecido… Porque nos ha nacido un niño, hijo nos es dado…” (Isaías 9:2, 6). La excitación aumentó. Vi mi propia significación en una nueva luz – en una forma corporativa. Cada luz que delineaba la calle jugaba una parte en la increíble belleza que disfrutábamos. Similarmente, la luz de Cristo en mí puede brillar más fuertemente cuando se une con la de otros creyentes que hacen resplandecer su luz. “El será llamado Admirable Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio no tendrá fin” (Isaías 9:6-7). Fascinada por el deslumbrante esplendor, de nuevo entendí que aunque Cristo ya no reside aquí como hombre, Su fuego arde en los corazones de aquellos que le han entregado sus vidas. Es un fuego que invade la oscuridad, un fuego del cual emana Su paz. Es una llama que arde de generación a generación, desde vasijas terrenales como tú y yo. Jesús habló a una multitud temprano en su ministerio: “Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad asentada en un monte no se puede esconder. Ni la gente enciende una luz y la esconde debajo de un cajón, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16). Después de su muerte y resurrección, el Día radical de Pentecostés amaneció. Los discípulos de Jesús “vieron lo que parecía lenguas como de fuego que se posaron sobre la cabeza de cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo…” (Hechos 2:3-4). Dios envió Su consolador prometido en forma de fuego, a quizás en una pasión inextinguible, ardiente por compartir las buenas nuevas. Porque quedaba “gente que andaba en tinieblas” (Isaías 9:2). No pretendo saber cuánto tiempo más esta tierra girará sobre su eje o cuantos días faltan para el regreso del Señor, pero sí sé que hay una necesidad desesperada de que los que llevan la luz resplandezcan con brillantez cada vez mayor. La oscuridad anhela acabar con lo que amenace sus dominios. Quizás la navidad podría servir, no como un tiempo para participar en un tiempo frenético de diversión, sino como algo que nos invite a disfrutar la maravilla – un tiempo de reencender la llama en nuestro interior. La historia es verdaderamente asombrosa: Después de 400 años de silencio, Dios habló. Una virgen concibió y dio a luz un hijo. Ángeles cantaron – su esplendor visto por pastores sucios y cansados. Desbordantes de gozo, esos mismos cuidadores de ovejas corrieron para ver al Rey recién nacido acostado en un pesebre. Una noche santa en Belén, la luz de Dios penetró esta oscuridad sombría. Y la luz todavía resplandece hoy. Celebramos navidad, la palabra hecha carne, pero con mucha frecuencia terminamos la temporada cansados, desilusionados y quizás incluso solitarios. Para el Día de Año Nuevo estamos tan exhaustos como el resto de la humanidad. Debe de haber otra manera. Mientras manejaba por esas calles delineadas por luminarias, anhelaba que mi vasija terrenal brillara con la luz de Jesús. Anhelaba escuchar atentamente la voz tranquila, bajita de Dios y alcanzar a otros, mientras El guía mi paso, de modo que mi llama pueda unirse a otra, y a otra… y crezca hasta ser una llamarada de cambio. La temporada de navidad puede ser un tiempo de recibir poder si todos pausamos y reflexionamos y permitimos que lo Divino toque una vez más lo ordinario. Sí, la oscuridad es real. Pero la luz brilla con más intensidad en la oscuridad de la noche. Así que no nos desalentemos. Permitamos que la temporada de navidad sirva como un recordatorio de que una luz ha amanecido. Y entonces, resplandezcamos en el Año Nuevo, listos a ser la diferencia – listos para alumbrar el camino para aquellos que viven en las sombras de la oscuridad y la muerte.
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