Esta era la buena vida: un empleo sólido en un banco del centro, un salario cómodo, almuerzos extensos y compañeros de trabajo divertidos. El departamento de compras no fue donde planeara desarrollar una carrera, pero bueno, podía tomar cualquier trabajo siempre que emprenderlo fuera fácil.

Entonces llegó Cindy.

Cindy solicitó la posición de un compañero de trabajo y la consiguió con facilidad. Y como no: Cindy era inteligente, resuelta, enérgica e interesada en impresionar con ideas que destellaban tan luminosamente como su sonrisa. Se vestía con trajes ejecutivos impresionantes y zapatos de tacones altos; lucía un pelo largo, dorado por el sol y una piel bronceada que hacía voltear las cabezas de los empleados varones. Parecía que Cindy lo tenía todo – incluyendo, según descubrimos, un temperamento volcánico.

No recuerdo qué causó la primera erupción, pero recuerdo la tensión creciendo en nuestra tranquila oficina. Los ojos verdes de Cindy se oscurecieron; su rostro se sonrojó. Entró violentamente por el pasillo, tiró fólderes y lanzó papeles por el escritorio gritando: “¡Esto está incorrecto!” Cuando Cindy encontró errores que yo había cometido, su ira estalló en mi cara y derritió mis emociones. Tranquila por naturaleza, yo me escabullí herida, humillada … y en silencio.

Cindy chocó con empleados de otros departamentos, también. Cada vez, nuestra gerente, Betsy, la llevaba aparte y le advertía que debía controlar su temperamento. Pero Cindy le estaba ahorrando dinero al banco, y casi en cada reunión del personal traía nuevas ideas para reducir costos. La administración no podía ser demasiado dura con ella, sin importar que tan fuerte fuera su temperamento.

No pasó mucho tiempo para que los conflictos de la oficina me afectaran. Empecé a batallar en mi interior, pensando que yo era estúpida e inepta. Aunque quería evitar a Cindy, tenía que llevarme bien con ella. En mi mente, la posición más cristiana era hacer las paces con ella y guardarme el dolor para mí misma. Lo hice horneando pan y dando un pedazo a Cindy. “¡Qué dulce!” dijo con aprobación, y me dio palmaditas en el hombro. Después de todo, quizás le caigo bien, pensé.

Pero en poco tiempo surgió otro error y Cindy explotó. Ella me recriminaba casi cada semana. No importaba cuantas veces ella me humillara, aparecía en la puerta el viernes por la tarde y me deseaba un buen fin de semana. No me podía desentender del asunto tan fácilmente; llevaba a Cindy conmigo a mi casa cada noche, los fines de semana y los días feriados. Sentía la agitación en mi interior, al recordar sus berrinches.

Revivir mis fracasos solamente me hacía cometer más errores cuando regresaba al trabajo. Empecé a rechinar los dientes y se me desarrolló un tremendo dolor en la mandíbula. Oré más, leía la Biblia y pedía a otros que oraran por mí. Aun así, cada mañana me tiraba de la cama temiendo las posibles confrontaciones.

Mi madre me comprendía, pero me animaba a tomar acción. “¿Por qué no le dices a Cindy cómo te sientes? Defiende tus derechos.”

¿Cómo podría hacerlo? Si comparto mis sentimientos honestos con una persona no cristiana, razonaba, ¿qué pensaría ella de mí como creyente? Ella sabe que yo voy a la iglesia. ¿Cómo reflejaría mi honestidad a Cristo?

En vez de eso, me retiraba a mi cubículo, me saturaba con programas radiales cristianos y soñaba con renunciar – o abandonar. Entonces, una tarde yo regresaba de almorzar y vi a Cindy gritando en su cubículo y apuñaleando el aire con un pedazo de papel – era una orden de sobres que yo había puesto. “Esto está incorrecto,” me gritó a la cara – nada menos que frente a un vendedor. “Pudimos haber ahorrado dinero con un tamaño estándar. Yo le di las recomendaciones a la compañía la semana pasada. ¡No puedo creer que hayas hecho esto!”

La cólera de Cindy hizo que el vendedor mismo se alarmara. Encontrando mi voz, dije tartamudeando, “lo siento,” y me retiré a mi escritorio.

Como si las cosas no pudieran ser peores, Betsy convocó a una reunión para explicar la re-estructuración del departamento. Gracias a sus contribuciones, Cindy se convertiría en mi supervisora.

Ambas, Betsy y Cindy me observaban atentamente para ver mi reacción, pero yo permanecí en silencio para preservar mi testimonio.

En lágrimas, me refugié en mi madre. Esta vez, sin embargo, ella dijo algo que yo nunca antes había considerado. “Si no confrontas a Cindy ahora, llevarás ese problema contigo a tu próximo trabajo. No te recuperarás de eso.”

Una vez que mis emociones se estabilizaron, me di cuenta de que ella tenía razón. Mis intentos de pacificación no habían logrado nada. ¿Podría la solución de Dios ser la confrontación honesta expresada de manera correcta? Pablo urgió a los creyentes a hablar la verdad en amor (Efesios 4: 15) y Salomón describió una respuesta honesta como “un beso en los labios” (Proverbios 24: 26) – algo positivo.

Llegué a ver que Eclesiastés 3:7 es verdad: en algunas ocasiones debo callar, pero en otras tengo que hablar. De hecho, el reprimir mis sentimientos era una forma de falsedad: yo proyectaba la impresión de que la conducta de Cindy no me molestaba, cuando en realidad sí lo hacía. Lo que Pablo escribió a los efesios, también reaplicaba a mí: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo … “(Efesios 4: 25).

Sin embargo, al hablar la verdad, yo no podía simplemente descargar mis sentimientos sobre Cindy. Tenía que pensar cuidadosamente lo que iba a decir. Proverbios 15: 28 dice: “El corazón del justo piensa para responder.” En una confrontación, mis palabras deben ser sanadoras, no hirientes (Proverbios 10: 11).

Estas verdades bíblicas fueron puestas a prueba cuando yo pedí una reunión con Cindy y Betsy. Por fin expresé los sentimientos que había acumulado durante meses. Calmadamente expliqué que cuando Cindy daba rienda suelta a su ira, yo le tenía miedo y me mantenía alejada de ella, que no era mi intención cometer errores y que estaba haciendo mi trabajo de la mejor manera posible. Nunca elevé la voz ni demandé una disculpa.

Cindy admitió los problemas con su temperamento y se disculpó. También explicó: “Cuando tú no hablabas, pensé que no te importaba tu trabajo.” No me había dado cuenta de que mi silencio no había protegido mi testimonio; había creado malos entendidos.

Cuando salimos de la reunión, las tres estábamos sonrientes – pero yo más: Dios había quitado la carga del conflicto silencioso. Había visto de primera mano permitir que alguien nos humille no honra a Cristo. La relación entre Cindy y yo se hizo abierta y honesta, y mi temor de ella cedió. Unos años más tarde salí del banco con algo más de lo que un currículo podía explicar: el conocimiento de que la buena vida no es un viaje fácil – es usar honestidad santa para superar los obstáculos. Y ese, yo sé, es el mejor testimonio de todos.