El Acercamiento de Dios
Por Obispo Matt Thomas

La intimidad es maravillosa, aunque intimidante. A riesgo de sobre simplificar, intimidad es esencialmente “cercanía.” Estamos geográficamente cerca de nuestros vecinos del otro lado de la empalizada, y biológicamente cerca de los miembros de la familia. En ningún caso significa que haya intimidad. Se trata de cercanía relacional. Algunos tienen miedo de la intimidad; la mayoría la desea desesperadamente; algunos nunca la hallan.

Lo opuesto a la intimidad es la distancia. El pecado crea distanciamiento de Dios y de otros. Jesús entra. La solución para la condición humana fue que Dios se moviera más cerca. El se “mudó al vecindario” (Juan 1: 14).

La solución de Dios fue una expresión de su carácter. Solía preguntarme: “¿Cuáles eran Sus opciones o planes potenciales, siendo que El tenía conocimiento anticipado del pecado?” Habría otras soluciones posibles, pero nada más ajustado a su carácter que el acercarse al quebrantado. Así es como Dios opera. Lo vemos en la creación. El estampó su imagen en nosotros, pero no sin agarrar lodo. Probablemente El no necesitaba estar tan cerca.

La ley vino a Moisés, esculpida por el dedo de Dios. Los profetas estuvieron suficientemente cerca como para decir “Dijo Dios.” El respira sobre nosotros. El respira en nosotros. El nos anhela. El resultado inevitable de la intimidad de Dios es la encarnación. Dios ama tan profundamente que El es compelido a estar tan cerca de nosotros como sea posible. Jesús se viste de nuestra carne. Resulta, entonces, que el Padre, Hijo y Espíritu – el Dios trino – actuaría de manera encarnacional. El Padre envía al Hijo hacia nosotros. El Hijo se mueve hacia nosotros y se hace carne como nosotros. El Espíritu es comisionado hacia nosotros – actualmente residiendo “dentro de” nosotros.

Y esta es la manera como debemos reflejar a Dios. Fuimos creados a su imagen. Fuimos hechos para la intimidad. La intimidad se logra a través del acercamiento – mediante una vida encarnacional. Es adoptando los problemas de otros en una forma íntima; haciendo lo que es central al carácter de Dios y al corazón de Sus hijos. Dios permanece conectado con su creación y la creación gime por conexión con Dios.

Este es nuestro mandato. El “gran mandamiento” de amor requiere que nos movamos hacia – conectando íntimamente con Dios y nuestro prójimo. La “gran comisión” de hacer discípulos requiere que nos movamos hacia – ayudando a la gente a conectarse mejor con Dios y a vivir en práctica Sus propósitos para ellos.

La vida encarnacional viene con un precio. Y así debe ser. Abrazamos al sucio, y nos ensuciamos. Abrazamos al que sufre, y sufrimos. Las recompensas son grandes, pero el costo es alto. A Jesús le costó Su vida. Tampoco puede ser fácil para nosotros. Requiere un amor que se compromete con otros plenamente. Requiere un deseo de intimidad. Requiere una empatía que solamente llega cuando nos envolvemos en los problemas de otros alrededor nuestro. La presencia sanadora solamente viene cuando estamos suficientemente cerca para cerrar las brechas y abrazar el dolor de otros, tomando su dolor como nuestro.

Hay marcas claras de vida encarnacional: compasión, oración y abrazando los gozos y las penas de los demás.

No permita que el término “vida encarnacional” le asuste o le confunda. Piense en ello como amor que anhela estar cerca – amor que no puede estar alejado. Viene del carácter, no de los dones o las habilidades. Significa poner el interés de otros al frente y en el centro (Filipenses 2: 3-8). Los que se mueven bien hacia otros, con compasión y consistencia, generalmente son aquellos que tienen el hábito de moverse hacia Dios.

Únase a mí en la vida encarnacional. No se trata de sentimentalismo, sino de movimiento: la gente en todas partes necesita que nos movamos más cerca de Dios y de ellos.