Teníamos 21 años, recién casados, instalados apretadamente en nuestro apartamento de una sola habitación en el segundo piso de un garaje. Yo era un estudiante a medio tiempo, así que el sostén para esta empresa matrimonial vino de un empleo a medio tiempo. Las alternativas eran pocas.
Kathleen y yo traíamos a nuestra vida juntos una convicción compartida de que debíamos diezmar de cualquier dinero que pasara por nuestras manos – apartar el diez por ciento para la obra del Señor. Nos habían enseñado que la salvación es un regalo pero demanda un estilo de vida que honre al Señor. Diezmar parecía ser parte de ese estilo de vida.
No fue fácil. Yo estuve en la escuela por ocho años después de casarnos. Uno de esos años demostró ser financieramente inseguro. Llevando una carga académica completa, al tiempo que luchábamos para suplir las necesidades de una esposa y dos pequeños dependientes, nos consumió hasta el límite. Pero, por la gracia de Dios, sobrevivimos.
Ahora vemos, desde la perspectiva de 60 años, que empezamos a diezmar como una disciplina pero pronto se convirtió en gozo. A través de 6 décadas, las ideas acerca del diezmar se han acumulado.
1. Fuimos enseñados a diezmar por padres consagrados.
La madre de mi esposa crió siete hijos con una pensión de viuda de $60 al mes. Los hijos mayores recuerdan que ella separaba seis dólares de esa reducida cantidad para la iglesia. En mi caso, mi madre me confió, siendo yo un muchacho, que cuando tú tienes diez centavos, apartas un centavo para la obra del Señor. Convertido a la edad de 16, inicié la práctica – al principio, de manera inestable, pero eventualmente con alguna consistencia. La conversión de Kathleen a los 16, provocó la misma respuesta.
2. El diezmar es una manera sistemática de expresar gratitud a Dios.
Sabemos que la muerte de Cristo por nuestra salvación fue un acto de amor sin precedentes. Y sabemos que Dios nos inunda con bendiciones temporales – vivienda, alimentos, vestimenta y relaciones. ¿Qué mejor forma de demostrar nuestra gratitud, que poner aparte el diezmo para compartir nuestras bendiciones con otros?
3. El diezmar aumenta nuestro sentido de responsabilidad hacia Dios.
Recordamos el ejemplo de un ingeniero de ferrocarriles cristiano, en los días pasados de locomotoras de vapor, quien salía del carro de nómina cada mes y llevaba el diezmo de sus ganancias directamente a su pastor. Al preguntársele porqué, respondió: “mi trabajo tiene sus peligros; no quiero morir con el dinero del Señor en mi bolsillo.”
4. El diezmar enriquece la profunda unidad del matrimonio.
Jesús enseñó que el matrimonio es la relación de “una sola carne” (Mateo 19: 4-6). ¿Cómo podíamos estar “juntos” en el sentido más pleno sino actuábamos en base a convicciones comunes sobre el significado espiritual del dinero confiado a nosotros? Vemos el dinero como un intercambio por tiempo gastado. Cuando usted trabaja, entrega una semana de tiempo y recibe a cambio una recompensa monetaria. El dinero es, pues, un residuo del tiempo, así que el diezmar habla de la naturaleza espiritual de la vida misma.
Haciendo Cálculos
Nombre omitido, a solicitud del autor
Parte del problema al hablar de diezmos y ofrendas es que, a fin de mantener nuestra humildad, no podemos hablar de cifras específicas. Pero me alegro de hablar anónimamente sobre datos específicos.
El ingreso anual de nuestra familia es de aproximadamente $50,000 dólares americanos.
Hemos pagado nuestros diezmos a través de los años, a pesar de tiempos tremendos en estrechez financiera. Como la Biblia claramente distingue entre diezmos y ofrendas, también hemos tratado de ser consistentemente generosos más allá del 10 por ciento. Cuando mi esposa y yo consideramos necesidades especiales, tales como misiones, proyectos o asuntos humanitarios, pasamos uno o dos días en oración acerca del asunto y con frecuencia se nos ocurre la misma cantidad.
Esperamos a que lleguen oportunidades cuando podamos dar aun con mayor generosidad.
En unas cuantas ocasiones hemos calculado sacrificios que podríamos hacer en nuestro estilo de vida personal, que nos permitirían dar aun más, por ejemplo, a misioneros. ¡La sensación de recompensa es grandiosa!
Hoy, somos capaces de dar más de $650.00 mensuales a través de nuestra iglesia. Dividimos $200 entre tres parejas de misioneros. Otros $80 van para un proyecto especial de la iglesia enfocado en el crecimiento; $20 son dados a nuestro ministro para ayudar a gente en nuestra comunidad local; $40 son enviados para sostener dos niños del Programa Internacional de Atención a los Niños (childcare). El resto lo damos como nuestros diezmos semanales.
A veces pensamos en que no tenemos casa propia. Estamos muy concientes de que cada mes damos el equivalente al pago de la hipoteca de una casa – nuestro enemigo espiritual nos recuerda eso, de vez en cuando. ¡Pero estamos confiados en que estamos haciendo la inversión más sabia mediante nuestra obediencia!
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5. El diezmar de manera sistemática apoya los buenos ministerios de la iglesia local.
Durante mis 19 años como superintendente y obispo de la iglesia, con frecuencia estuvimos ausentes de nuestra iglesia madre. Pero la iglesia empleó un personal que servía en la congregación a nombre de nosotros. Ellos conducían la adoración e instruían a los niños en la fe. Sin cargo, ellos ministraban al enfermo, al atribulado, al que sufría. Una iglesia madre era nuestra primera responsabilidad.
6. El diezmar parece hacer que el 90% restante rinda más.
¿Cómo? Primero, encontramos que diezmar nos hacía más cuidadosos con lo que quedaba, porque ese era también el dinero del Señor. Aun más, diezmar del salario de un ministro nos enseñó a remendar cualquier “hoyo” en nuestros bolsillos, de modo que, sin importar lo escaso de nuestro ingreso, el dar fuera una parte regular de nuestra vida compartida.
Segundo, creemos que el Señor recompensa a Su manera a aquellos que hacen de Su obra su primera prioridad (Mateo 6: 33). Como todas las demás personas, los diezmadores pueden ser dejados cesantes de sus empleos o enfrentar reparaciones inesperadas de sus carros, pero su cuidado especial en el uso de dinero y las sorpresas agregadas del Señor, al final hacen que las cosas resulten mejores. Como dijera un agricultor: “Cuando paleamos hacia afuera, el Señor palea hacia adentro – y El siempre usa una pala más grande.”
7. El diezmar parece ser una práctica del cristiano maduro.
Durante mis años de adolescencia avanzada, me resultaba fácil pararme al lado del camino con una maleta y pedir un aventón. Cuando me recogían, otra persona era dueña del carro, pagaba el seguro, compraba el combustible y se responsabilizaba de las reparaciones. Yo viajaba gratis. Hoy, Kathleen y yo nos sentiríamos como adolescentes solicitando transporte gratis, si aceptáramos las bendiciones de la iglesia mientras dejamos que otros asuman la responsabilidad por los ministerios.
8. El diezmar estimula la generosidad.
A medida que nuestras vidas cristianas se han desarrollado, hemos adquirido una conciencia cada vez mayor de la gran generosidad de Dios: “¿El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros – como no nos dará también en El todas las cosas?” (Romanos 8: 32). El diezmar no se compara con ese nivel de dar. Al mismo tiempo, creemos que el diezmar puede ser un ejercicio de entrenamiento en generosidad. Asignar por lo menos el diez por ciento para la obra del Señor nos prepara para responder generosamente a necesidades que puedan surgir más allá de la demanda de nuestros diezmos. En un sentido, el compromiso de diezmar es como el trinquete de un montacargas. No fija los límites superiores, pero impide que retrocedamos cuando estemos bajo presión.
9. El diezmar nos ayuda a recordar que para los cristianos, el todo de la vida es para darlo.
Jesús no ordenó dar diezmos, pero sí lo elogió (Mateo 23: 23). Y el Nuevo Testamento va mucho más allá. Los capítulos 8 y 9 de 2 Corintios nos exhortan a dar abundantemente, describiendo a los creyentes cuya “extrema pobreza abundó en rica generosidad” y quienes incluso dieron “más allá de su capacidad.” Después de 60 años, nuestra creencia es que el diez por ciento del ingreso bruto es el mejor punto de partida para una vida dedicada a dar.
Mirando hacia atrás, sabemos que somos los más enriquecidos por haber iniciado la práctica de diezmar desde el principio de nuestro matrimonio, el cual empezó con recursos muy escasos. El apóstol Pablo dio en el blanco cuando dijo: “Ustedes siempre serán lo suficientemente ricos como para ser generosos” (2 Corintios 9: 11, NEB).
Más Allá de una Duda Razonable
Por Shannon Hempel
“Dios, no confío en ti con mi dinero. Te doy mi matrimonio, mis hijos, mi carrera y mi salud. Te pediré dirección en cada iniciativa que mi familia emprenda; pero no puedo dejar que toques mi cuenta bancaria.”
En realidad, nunca dije esas feas palabras en voz alta ni pensé en ellas conscientemente. No obstante, mis acciones las expresaron, y Dios me oyó perfectamente. Por un momento, El se puso a un lado, sin decir nada.
Siempre tenía una excusa para no diezmar. Temprano en nuestro matrimonio, antes que nada queríamos estabilidad financiera. Poníamos dinero en el platillo de la ofrenda, cuando sentíamos que podíamos darlo. Cuando vinieron los hijos, los pañales y el cuidado diario controlaban nuestro dinero. Después de los ascensos y los aumentos de salario, nuestra creciente familia quería más espacio, por lo que compramos una casa más grande, con una hipoteca más grande y más muebles para llenar las habitaciones vacías. No era el tiempo correcto para diezmar.
Además, muchos miembros de la congregación eran financieramente más afortunados. Ciertamente, ellos proveían suficiente dinero para cubrir los gastos de la iglesia.
Establecimos un nuevo negocio y retrasamos la venta de nuestra casa porque pensábamos que la estrechez financiera terminaría pronto. Poco sabía que Dios estaba revelando mi corazón y probando mi fe.
Cuando los problemas financieros nos agobiaron, mantuve la situación oculta de las madres amas de casa y afluentes del vecindario. Me preocupé menos de lo que Dios pensaba de nuestras finanzas que de lo que pudieran pensar nuestros vecinos.
Nuestras penurias financieras continuaron. El pequeño negocio que mi esposo iniciara tardó más de lo esperado en generar ganancias. Vendimos nuestra casa poco antes de que nos la quitara el banco. Nos fuimos a bancarrota. Nos mudamos a un residencial más barato, pero mi determinación a evitar que otros se enteraran de nuestro pasado continuó. Segura de que ellos nunca habían pasado por algo tan humillante, me guardé el secreto.
Un domingo por la mañana, en la iglesia, Dios se apoderó de mi corazón. No había forma de equivocarse con respecto a lo que demandaba. Mientras el pastor leía Malaquías 3:10, yo sentía que Dios me lo leía directamente a mí.
“Traed todos los diezmos al alfolí, que haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto,” dice Jehová de los ejércitos, “si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.”
Previamente, no había oído a Dios hablar tan inequívocamente a mi corazón acerca de nuestras finanzas. ¿O no había estado escuchando? Yo sabía que nuestros problemas económicos y mi manejo de imagen nunca mejorarían hasta que yo confiara en El con cada aspecto de mi vida, incluyendo mi chequera.
El día de pago, inmediatamente escribí un cheque a mi iglesia por el 10% de mi ingreso, resolviendo hacer unos cuantos sacrificios más. Mientras ponía el cheque en la cesta de las ofrendas, una paz liberadora inundó mi alma. Aunque una parte de mi ingreso estaba literalmente en la mano de Dios, me sentí más libre que cuando yo la tenía.
El poner a Dios en primer lugar, curó mi obsesión sobre lo que los demás pensaran. Después de testificar ante la iglesia sobre mi falta de confianza en Dios con respecto a mis finanzas, descubrí que no estaba sola.
Dios verdaderamente ha abierto las ventanas de los cielos y ha derramado lluvias de bendiciones sobre mi familia. Mi esposo entregó su vida a Cristo, y Dios nos da sabiduría financiera, provisión y protección.
El diezmar no ha hecho a mi familia financieramente rica. Vigilamos cómo gastamos, y nos privamos de algunos lujos. Sin embargo, Dios sabe que confió en El en aquella cosa que por tanto tiempo retuve. La paz y el gozo que he hallado en obedecerle, no tiene precio.
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